martes, 10 de enero de 2012

ALBERTO WILLIAMS, PADRE DE LA MÚSICA ARGENTINA



Uno de los músicos más grandes del continente americano fue Alberto Williams figura representativa de su generación. Compositor, pianista y pedagogo de nivel, hoy permanece ignorado como todos los clásicos de nuestro país.

 
Alberto Williams nació en Buenos Aires el 23 de noviembre de 1862, en el seno de una familia con marcada inclinación por la música. Hijo de Jorge Orlando Williams y Adela Alcorta, su abuelo materno, Amancio Alcorta, fue un prestigioso compositor y político oriundo de Santiago del Estero 1

Primeros años
 
A temprana edad, inició sus estudios musicales con el maestro alemán Pedro Beck, que le enseñó las primeras nociones de teoría y solfeo y en 1876 ingresó en la Escuela de Música y Declamación de su ciudad natal, la misma que fundaran Juan Pedro Esnaola y Santiago Alcorta donde fue discípulo del profesor Luis José Bernasconi.

Dadas a sus condiciones, después de publicar una primera composición, el joven Williams viajó a París para perfeccionar sus conocimientos de piano. En el conservatorio de la capital francesa estudió con personalidades de la talla de Georges Mathias (discípulo de Chopin), Charles de Beroit, Emile Durand y Benjamín Godard. También concurrió a la academia de César Franck, donde tuvo por condiscípulo a Vincent D’Indy, notable impulsor de la influencia folklórica en el arte clásico.

Sus primeras composiciones
 
Antes de su regreso a nuestro país, compuso y estrenó su Primera Obertura de Concierto (Op. 15), obra de la que se ha dicho, fue uno de los logros fundamentales de su carrera. Escrita bajo la atenta supervisión de César Franck, en ella se revelan un amplio control sobre las formas y una notable habilidad en el manejo de la escala sinfónica. Basada preferentemente en el estilo de las grandes sonatas, se la debe encuadrar dentro del género romántico tardío que en aquellos días comenzaba a declinar. 

Ya en el país, al que había llegado en el mes de diciembre de 1889, ofreció dos recitales de piano, seguidos por numerosas presentaciones en los mejores salones de la ciudad. Poco después, dirigió su primer concierto, cuya obertura fue sumamente aplaudida.

El país vivía momentos de incertidumbre, con la crisis económica y social generada por el gobierno del presidente Juárez Celman a punto de desembocar en un sangriento conflicto armado. En ese clima Alberto Williams se topó con la indiferencia propia de nuestra sociedad, respecto de todo lo que no fuera foráneo y a punto estuvo de abandonar el país con destino a otros rumbos, más elevados y menos ingratos, en los que su talento iba a ser valorado como correspondía. Sin embargo, sus raíces le “tiraban” y por esa razón, decidió permanecer en su tierra, explorando nuevas vertientes en las que basar sus futuras composiciones, la principal, el folklore. 

Su actividad docente
 
Iniciando una destacada actividad docente, en 1892 Williams fundó la Sociedad de Conciertos del Ateneo y al año siguiente el Conservatorio de Música de Buenos Aires, del que fue director hasta 1941, formando en sus claustros a músicos de tres generaciones. Como maestro, surgieron de su pluma trabajos tales como Teoría de la Música, Teoría de la Armonía y Problemas del Solfeo, herramientas básicas de quienes se iniciaban en los estudios musicales.

Junto a Julián Aguirre, Arturo Berutti y otros afamados maestros, Williams formó la primera generación de músicos profesionales entre quienes podemos mencionar a Carlos López Buchardo, Felipe Boero, Pascual Rogatis, Floro Ugarte y Manuel Gómez Carrillo.

Su obra musical
 
A la Primera Obertura de Concierto le siguieron dos suites denominadas Miniaturas y una segunda obertura en 1892 (Op. 18) de marcada tendencia europea, la misma que influenció a Williams en su primera época. Sin embargo, esa tendencia fue cediendo espacio a una variante mucho más inclinada a lo folklórico y lo telúrico, destacando a partir de entonces composiciones netamente argentinas como su suite para piano El Rancho Abandonado (Op. 32) y su primera sinfonía en Sí Menor (Op. 44), estrenada en 1907. Tres años después puso en escena su segunda obra sinfónica en Do Menor La Bruja de las Montañas (Op. 55) y compuso su recordada Marcha del Centenario (Op. 56), escrita espacialmente para conmemorar el primer siglo de la Revolución de Mayo. La misma fue ejecutada en el marco de los festejos que tuvieron lugar en la oportunidad.

La tercera sinfonía del gran maestro vio la luz en 1911, La Selva Sagrada, sinfonía en Fa Mayor (Op. 58) que en su momento tuvo aceptación.

Una de las obras más conocidas de Williams, El Rancho Abandonado, es un digno exponente del nacionalismo musical argentino.

Alberto Williams introdujo en nuestra tierra novedosas y evolucionadas técnicas de composición, muy poco desarrolladas en su tiempo. En 1882 fundó y dirigió los conciertos de El Ateneo y entre 1902 y 1905 dirigió los célebres recitales sinfónicos que auspició la Biblioteca Nacional. 

En un lapso de sesenta años, Williams dejó escritas 136 obras, entre las que se incluyen, además de las mencionadas: su Poema de las Campanas (Op. 60) estrenado en 1913; Primera, Segunda y Tercera Suite Argentina, El Atajacaminos (Op. 98) su cuarta sinfonía en Mi Bemol Mayor; El Corazón de la Muñeca (Op. 100) quinta sinfonía en Mi Bemol Mayor, La muerte del cometa (Op. 102) sexta sinfonía en Si Mayor, El eterno reposo (Op. 103) séptima sinfonía en Re, La Esfinge (Op. 104) y su octava sinfonía en Fa Menor, todas compuestas entre 1933 y 1938.

El estilo nacional
 
Williams compuso su última sinfonía en 1939, la novena en Sí bemol Los Batracios (Op. 115), obra de corte humorístico que tuvo muy buena aceptación en su tiempo.

Hoy es recordado como un impulsor de obras musicales de género nacional, la mayor parte de ellas, para piano. Su primera obra en el nuevo estilo fue En la sierra, seguida por El Rancho Abandonado a la que, según sus palabras, tuvo especial afecto por considerarla punto de partida de una serie de creaciones en las que supo revalorizar nuestras raíces y el arte local. Le siguieron, en la misma línea, Poema de los mares australes, Poncho de macachines para tus pies, Quebrada y Aires de pampa, solo por mencionar algunas. Fueron ellas, exponentes de esa tendencia que si bien autóctona y válida, le restaron mérito a nivel internacional cuando los críticos las consideraron demasiado identificadas con lo autóctono y por consiguiente, alejadas de lo estrictamente clásico. Prueba de ello es la poca difusión que la misma Argentina le da a las composiciones de este verdadero maestro.

En El Rancho Abandonado, por ejemplo, aborda un tema que autores como José Hernández, Eduardo Gutiérrez y Leopoldo Lugones trataron en su tiempo: el despojo del hombre de campo, los atropellos de la justicia y el heroísmo de nuestra raza. Dejó terminadas 136 composiciones y su producción se puede dividir en tres períodos bien definidos, el de sus inicios hasta 1890, cuando sus creaciones denotaban una influencia netamente clásica y europea; el de 1890 a 1910 en el que aflora el elemento autóctono y el de 1910 hasta sus últimos días, donde manifiesta una evolución realmente excelsa.

Paso a la inmortalidad
 
Alberto Williams también fue escritor y poeta, siendo de destacar dos libros de su autoría titulados Poema de los Mares Australes, publicado en 1929 y Poema del Iguazú, en 1942.

Casado y padre de varios hijos, entre ellos el célebre arquitecto Amancio Williams, nuestro gran compositor falleció en su ciudad natal, el 17 de junio de 1952, siendo merecedor de numerosos reconocimientos póstumos, entre ellos la imposición de su nombre a una calle de la Capital Federal y numerosos conservatorios y academias musicales. Por lo abundante de su obra se lo llamó “el músico más prolífico de América” y por sus innovaciones y calidad, “padre de la música argentina”.

1- No confundir con el Dr. Amancio Alcorta, abogado y político que fue ministro de Relaciones Exteriores de los presidentes Roca y Uriburu.

Este artículo fue publicado en: http://www.cruzadadelrosario.org.ar/revista/0808/williams.htm

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