jueves, 20 de agosto de 2015

LAS REVISTAS DE ABELARDO CASTILLO


Abelardo Castillo, autor de la magistral novela El que tiene sed.


“Para mí, como para tantos escritores, ha sido siempre muy importante la revista literaria, porque es el centro donde se irradia de verdad tu libertad”, afirma el escritor Abelardo Castillo en diálogo con Télam, a propósito de la edición facsimilar de las revistas que dirigió, acaso tres de las más importantes que tuvo nuestro país –El grillo de papel, El escarabajo de oro y El Ornitorrinco–, incorporadas a la Colección de Reediciones y Antologías de la Biblioteca Nacional.

Usted ha sido siempre un hombre bastante receloso de su soledad. Sospecho que no le habrá resultado tan sencillo llevar adelante sus revistas trabajando con tanta gente a su alrededor. 
No, no ha sido fácil. Ocurre que era mi única salida al mundo, por decirlo así. De todos modos no solía trabajar con mucha gente. En el Tortoni, que era nuestro lugar de encuentro, sí éramos muchos; pero yo solía tomarlo como una fiesta, como cuando suelo dar mis talleres literarios. Pero eso no me impidió ser celoso de mi soledad, sigo siéndolo. A veces creo que exagero. Una pregunta similar me hizo una vez Fernando Vignone; me preguntó si la revista no me impedía escribir y me sugirió que tuviera cuidado por una experiencia literaria suya. Estábamos hablando de Félix Grande, el poeta que dirigía Cuadernos hispanoamericanos. Me sorprendió porque yo nunca había pensado en eso y le contesté que a mí no me impedía escribir. Mucho tiempo después, descubrí que yo nunca había escrito más, me refiero a mi literatura personal, digamos, que en la época de la revista. Si algo verdaderamente me importaba de las revistas, no era la parte política ni la crítica, sino la única sección que yo hubiera querido dirigir: la sección literaria. Hace un rato hablamos de las revistas en relación al comunismo y el peronismo, las ideologías y de Sartre; pero sinceramente para mí lo más importante es que en El escarabajo de oro se publicó por primera vez Una hermosa mañana para el pez plátano, de Salinger, por ejemplo, cuando acá casi nadie conocía sus cuentos. O que por primera vez salió traducido el cuento de James Thurber, La vida secreta de Walter Mitty, que hoy está de moda porque han hecho la película hace poco. En El escarabajo de oro también hemos publicado poemas notables de escritores desconocidos, como el que escribió García Robles sobre la bomba en Hiroshima y con el que luego ganó el Premio Casa de las Américas. Dar a conocer a ciertos escritores como a Ricardo Piglia y Humberto Costantini, que si bien era conocido fue en la revista fue donde tuvo más visibilidad, era para mí la verdadera función de la revista.
 
Hay cierta clase de escritores que generan discípulos, a veces directamente y otras en la distancia; pienso en su relación con Arlt , Borges y Marechal; pero no sé si puedo pensar en Sábato en ese sentido.

No, creo que no. Sobre mí influyó mucho. No creo que sea un discípulo pero sí que influenció. No te olvides que el Sábato que conocí yo fue el de 1959, 1960; un hombre que era de izquierda, un hombre que tenía una inteligencia deslumbrante, que no es el Sábato conflictivo y criticable de Sobre héroes y tumbas. Era un Sábato a quien el Che Guevara, en una carta del ’59 o ’60, le dice “querido maestro” y le explica una serie de cosas, entre ellas, las diferencias que existían entre Fidel y Perón. O sea que el Sábato del que yo hablo no es el Sábato que conoce tu generación ni el posterior. Siempre recuerdo, y te lo habré dicho más de una vez, la frase de Salinger, aquella donde el narrador dice que hay escritores a los que uno quiere llamar por teléfono cuando terminás de leerlos. Hay escritores que te conformás con admirarlos y otros a los que querés conocer.

A veces te decepcionan.
Por eso digo que es mejor conocer a los escritores. La gente tiene tendencia a facilitarse las cosas haciendo un esquema; entonces vos vas un día a la casa de alguien y creés que lo conociste. Pero la verdad es que tiene que pasar mucho tiempo para que eso ocurra. Nosotros nos hemos visto muchas veces y, supongo, nos asombramos mutuamente de cómo es el otro. Pero cuando viene un periodista a tu casa te juzga por lo que cree que sos. Entonces, siempre aparece lo mismo: el tablero de ajedrez y el escritor serio. ¿Qué clase de persona ven? Es muy difícil saber cómo es la gente. Vas a la casa de alguien y quizá ese día le duele el hígado o se peleó con la mujer y vos lo tomás como una esencia eterna. Tené cuidado cuando conocés a una persona que admirás. Tal vez lo viste en un mal día y entonces te puede parecer un miserable. Por eso es mejor no conocer a los escritores si no los vas a conocer bien. En general decepcionan. La mayoría de los escritores que yo conocí, al principio me decepcionaron. Luego algunos también me deslumbraron al principio y me decepcionaron después. Sólo con algunos pocos pude mantener ese estatus de admiración constante. Entonces mejor no conocerlos, porque uno nunca puede responder a las expectativas del otro. Afortunadamente conocí a Marechal, con el que me llevé muy bien y era exactamente lo que uno esperaba de él. Y no es que lo vi una vez; lo vi todas las semanas durante años y era siempre el mismo Leopoldo Marechal,

Pienso en algunas entradas de su diario en relación a una preocupación que ha estado presente en toda su vida sobre la continuidad de su obra en el tiempo. ¿Tuvo esa misma sensación con relación a las revistas?
 Son dos cosas distintas, porque la revista actuaba en el aquí y en el ahora, como actúan las revistas literarias. Daba testimonio de lo inmediato. Por lo tanto, la única continuidad que se podía permitir uno dirigiendo El grillo de papelEl escarabajo de oro, o, incluso, El Ornitorrinco era una continuidad en el tiempo de una revista que fuera distinta a la anterior. En el caso de los libros pasa algo diferente: Las otras puertas, que yo publiqué en 1961, es el mismo que se acaba de publicar por vigésima vez en Seix Barral o el mismo que se tradujo en Italia, no se modificó. De modo que son dos perduraciones distintas: la perduración de la obra literaria es, en el tiempo, ella misma; otra es la perduración de la presencia del escritor, del intelectual, en la historia o en el tiempo literario. Ahora bien, yo no puedo pensar que escribí El que tiene sed y dentro de veinte años lograré superarlo. Así como no puedo pensar que superé mi etapa de escritor. Ningún escritor piensa que dejó de ser escritor, tenga setenta, treinta o noventa años. El hecho es que son dos situaciones distintas: cuando vos escribís una obra de teatro, por ejemplo, pensás que te gustaría, aunque ese sea un juego mental, que la representen dentro de cien años. En El que tiene sed hay párrafos donde se nota eso, Esteban Espósito siente que, alguna vez, puede ser leído por algún muchacho –que es él mismo– a quien le llegue de alguna manera esas palabras; pero no pienso lo mismo con las revistas literarias. Uno tiene tendencia a creer que las cosas van a durar para siempre, lo cual es un disparate, por supuesto; pero si no escribís pensando esa locura, muy difícilmente vas a tener ganas de seguir escribiendo
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 Sebastián BASUALDO

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