sábado, 31 de octubre de 2015

LA MEMORIA COMO FORMA DE FICCIÓN


Horacio González, Director de la Biblioteca Nacional, intelectual, militante.


Por Juan RAPACIOLI 


En su segunda novela, Redacciones Cautivas, Horacio González condensa muchos aspectos de la vida social, cultural y política argentina para configurar un relato que aborda los fracasos revolucionarios, el tema de la conversión ideológica y el rol de la prensa en la última dictadura militar, pensando la ambigüedad de la memoria como forma de ficción.

Publicada por Ediciones Colihue, la novela presenta a Joseph Albergare, un oscuro personaje atormentado por su doble papel en el periodismo: haber sido director de un diario en contra de la dictadura militar y de otro a favor. "Era yo contra yo, o sea ninguno contra ninguno. No sé si era libre cuando fui obligado o si era cautivo cuando creí estar libre".

Sociólogo y autor de una vasta obra ensayística, González (Buenos Aires, 1944) es uno de los intelectuales más importantes de la Argentina. En diálogo con Télam, el director de la Biblioteca Nacional sostuvo que escribir esta novela implicó "saltar un abismo un poco irresponsablemente".

¿Cómo nace esta novela?
Tenía una cierta inconformidad con un conjunto de ensayos que había escrito sobre la historia cultural argentina, me parecía que estaba repitiendo siempre lo mismo. Eran ensayos que tenían el peso equívoco de una ficción. Si bien el ensayo fue un género muy discutido en el siglo XX, como una forma que se piensa a sí misma y que hace predominar un escritura singular que convive dramáticamente con un tema, no estaba satisfecho de lo que había escrito. Ahora tengo la oportunidad de reiterar la insatisfacción con una novela.

Siempre vi la vida argentina bajo la inspiración de un vasto drama, con la influencia del teatro en la escritura. La idea de tragedia: un país, un sector social, una lucha de clases, la construcción del Estado Nacional y un movimiento popular, que siempre se encuentra con obstáculos externos e internos. La idea trágica de la historia es de algún modo herencia de las lecturas de Hegel y de Marx.

¿Desde dónde introducís la política en la ficción?
Vivimos un momento de fuerte composición de grupos culturales regidos por la disputa política de fondo, que no está en segundo plano. Aun para quienes tienen el oficio literario en primer plano, se pone de relieve lo que algunos ven como la pérdida de la república y otros como la realización de la vida justa. Pienso que es una discusión insalvable donde no hay muchos puentes. De alguna manera quise unir estas cuestiones, ya que provengo de las filas del movimiento popular y más específicamente del peronismo, al cual le tengo un gran respeto y con el cual vivo dialogando en términos críticos.

El narrador habla desde cierta ambigüedad que transmite una sensación de encierro
Esos personajes fracasados pero capaces de pensar en sí mismos me interesan porque no tienen proposiciones del escepticismo autodestructivo, sino una forma de reconocer el abismo a fin de que el estímulo para rehacerse sea posible. Me interesa el tema de los cambios en el tiempo: yo fui muchos años militante de la juventud peronista, en los barrios, con el drama de elegir si me convertía en un hombre armado, algo que no ocurrió, pero el drama duró mucho tiempo, y es lo que le pasó a muchos compañeros de mi edad.

La memoria aparece fragmentada en diversos momentos que vuelven a los tiempos de la dictadura 
Uno trata de recordar pero no es sencillo. Por más que haya secretarías de derechos humanos, el recuerdo no aflora fácilmente. Tenés que estar preparado, con una memoria llena de agujeros, perforada por el ánimo de recordar. Es lo que trato de hacer, porque esa época sigue sobrevolando en mi cabeza. Es un tema del que pensé escribir algo: la relación de un personaje que se llama "El viejo" -nunca digo que es Perón-, con un joven que tiene este dilema de tomar o no tomar las armas, a partir de un epistolario.

Me interesa el tema de la conversión en el decurso de una conciencia, un tema de la teología política. En el libro tomé incluso el caso de Héctor Leis (1943-2014), -exmontonero y autor de "Un testamento de los años 70. Terrorismo, política y verdad en Argentina"-, que es la máxima conversión en la Argentina. Lo conocí, lo estimé y lo sigo estimando, porque una conversión así contiene el dramatismo de alguien que mató o quiso en sus sueños verse matando en nombre de la guerrilla, y vivió toda su vida bajo esa acción real o imaginaria.

La conversión, el deseo de ser otro, es también uno de los temas de Borges
Una pregunta interesante sobre Borges es: ¿Cuándo dejó el yrigoyenismo y vio que el peronismo no era lo suyo? Había algo plebeyo excesivo en el peronismo, que Yrigoyen no tenía. Por otro lado, Perón no tenía intereses literarios y sin embargo era un escritor importante. Leía literatura militar, no ficción. Esa literatura está emparentada con las grandes ficciones: la política y la guerra se relacionan de un modo u otro, toman pensamientos de la era napoleónica que tienen ese lado ficcional de la epopeya, del héroe, el destino, la traición, todos elementos literarios que también están en la obra de Borges.

No se puede decir que Perón haya sido alguien que festejó la lucha a cuchillos en una esquina oscura de un barrio, pero lo que sí se puede decir es que pensó en el honor. Y Borges tiene el honor como una forma donde se quiebra la conciencia: o no se tiene y al quebrarse se obtiene la forma de honor; o se tiene y si se quiebra, te convertís en un traidor.

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