jueves, 31 de marzo de 2016

LA RENUNCIA DE ISABEL PERÓN


Por Horacio Enrique Poggi


A Isabel Perón le propusieron renunciar en varias oportunidades. Su frágil salud y los ataques constantes a su investidura generaban una sensación de anarquía administrativa en todo el país. Eran tiempos turbulentos en que las instituciones de la República quedaban a merced de la lucha facciosa. El 13 de septiembre de 1975, la Presidenta inició una licencia por casi un mes en la localidad cordobesa de Ascochinga con la compañía de las esposas de los comandantes de las tres armas. El interinato fue cumplido por el presidente provisional del Senado de la Nación, Dr. Ítalo Argentino Lúder, que de inmediato concitó el apoyo de la oposición liderada por el radical Ricardo Balbín y de los sectores republicanos del justicialismo. Pero Isabel se negó a renunciar y regresó al gobierno.

Años más tarde, recordó Lúder: “Mientras fui presidente interino, intenté generar expectativas institucionales, señalando que íbamos a adelantar las elecciones. Recuerdo que Ricardo Balbín (líder radical de aquel entonces) me dio todo su respaldo. Esa medida desarmaba el marco de maniobra de los golpistas. Pero todas las posibilidades estaban obstruidas por la insistencia de María Estela (Isabel Perón) de permanecer en sus funciones”, (Clarín, 24 de marzo de 1996).

El plan institucional de Isabel Perón contemplaba el llamado a elecciones en octubre de 1976. Sin embargo, la decisión de derrocarla era irreversible. Lo que ocurrió el 24 de marzo de ese año. La Junta Militar golpista estuvo presidida por el teniente general Jorge Rafael Videla, ascendido por la propia viuda de Perón luego de consultar a la cúpula de la Iglesia, según el testimonio de la exmandataria a uno de sus abogados en 1983.

Al otro día de ser derrocada, con caligrafía temblorosa, la viuda de Perón renunció a la Presidencia. Tuvimos acceso a este documento -en julio de 1989- por intermedio de un obispo –ya fallecido- entonces integrante de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), cuya sede estaba ubicada en la calle Paraguay 1867.

“Los acontecimientos que acaba de vivir nuestra querida Patria, me aconsejan renunciar a la Presidencia de la Nación, a la que accedí por propio y legítimo derecho”, explica Isabel Perón al comienzo de la misiva, y a renglón seguido agrega: “Lo hago ahora ya que jamás hubiera permitido que por mi defensa llegara a derramarse sangre de hermanos. De los acontecimientos juzgará la Historia. De mi inquebrantable voluntad de servir a mi Pueblo es testigo Dios y lo es también mi conciencia. A quienes lealmente han colaborado en mi gobierno: Gracias”. Y concluye: “Pido a todo el Pueblo de la Nación fidelidad a su vocación histórica, superación a todo egoísmo y por sobre todas las cosas: Unión”.

Pero ¿por qué renunció luego de haber sido derrocada en medio de un generalizado apoyo social a los golpistas? ¿O acaso ignoraba la gravedad de los hechos y en un gesto de responsabilidad política presentó la dimisión para que se articularan los mecanismos institucionales de sucesión? ¿O avaló el golpe de Estado aceptando, resignada, el irremediable curso de los acontecimientos? ¿La obligaron a renunciar o lo hizo sin ninguna presión? ¿A quién le dio la renuncia que jamás se divulgó? ¿A un sacerdote, a un obispo? Sabemos que Isabel Perón –católica practicante- soportó las durísimas condiciones carcelarias a las que fue sometida por los militares recibiendo un servicio sacerdotal diario. ¿Cuánto influyó ello en la conducta de la expresidenta bajo prisión?

A 40 años del golpe genocida damos a conocer un documento que permaneció oculto por más de dos décadas en la sede del Episcopado. El papa Francisco acaba de anunciar que abrirá los archivos del Vaticano concernientes a la época de la última dictadura. Tal vez nos permitan dilucidar las dudas que este documento plantea. Por ejemplo. 

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