viernes, 3 de febrero de 2017

PAÍS BARRABRAVA



Disfruto del fútbol europeo, de sus canchas sin alambrado, de su público que no escupe a los jugadores cuando ejecutan un tiro de esquina, de las mayorías de las hinchadas que dejan colgadas del pincel a las minorías que pretenden imponer cantitos provocadores. La gente va a la cancha en familia, con sus divisas desafiantes, consciente de participar de un espectáculo deportivo y no de una guerra. Seguramente se producirán incidentes porque desubicados habitan en todo el planeta. Pero prevalece la convivencia. En cambio en nuestro país ocurre todo lo contrario. Las canchas exhiben prominentes alambrados del que suelen treparse personajes violentos para insultar y amenazar a jugadores propios y adversarios. Una minoría exaltada, dominada por el alcohol y las drogas, entona durante 90 minutos cánticos para desafiar a sus contrincantes y no para alentar a su equipo preferido. Mandan ellos en los clubes, presionan a los directivos, extorsionan a los jugadores –en el mejor de los casos-, revenden entradas, embolsan  suculentos ingresos de los puestos de comidas rápidas, los jefes se trasladan en autos de alta gama. Y hacen changas, horas extras, para políticos inescrupulosos. Sin embargo, estas tribus económico-mafiosas no son exclusivas del fútbol, encuentran un correlato simiesco en otros deportes. Por ejemplo, para demostrar una pertenencia fervorosa a la parcialidad que alientan, vemos barras en el tenis, el rugby, el básquetbol, etcétera. Son barras menos violentas, es cierto. En las que la mafia económica no ha ingresado aún. Sin embargo, los muchachos imitan cánticos y formas, agitan los brazos en señal de amenaza, profieren palabrotas, lucen los colores de sus equipos con aires de guapeza criolla de la época maleva y del reinado del lunfardo. Las mujeres se prestan a la movida y hablan mal, con excesivo apego a la diatriba fácil. Es decir, que –en líneas generales- los barrabravas futboleros nos han ganado. Maradona es un fiel embajador de ellos cada vez que alienta a la selección nacional de fútbol o al equipo argentino de Copa Davis… Más allá de las diferencias de clase, la cultura barrabrava ha globalizado las costumbres deportivas y se extiende –imparable- como un derrame de petróleo, manchando la pelota, la camiseta, la bandera celeste y blanca.


Horacio Enrique POGGI 
hepoggi@gmail.com 
@hepoggi