martes, 9 de enero de 2018

¿POR QUÉ NO VIENE EL PAPA?


Muchos católicos no se dejan impresionar por las afectuosas relaciones políticas del papa Francisco, que a esta altura de los acontecimientos nadie puede desconocer que mayoritariamente se vinculan con la oposición y el anterior gobierno kirchnerista.

Son esas relaciones políticas y las fotos con personajes detenidos por presuntos actos de corrupción las que generan disgusto en un amplio sector de la ciudadanía. Los argumentos eclesiásticos afirman que el Papa recibe a todos y como vicario de Cristo debe perdonar y recibir aun a quienes lo ofendieron cuando era cardenal primado. Pero agreguemos que el Papa es jefe de un Estado y en sus actitudes se entremezcla lo religioso con lo político, prestándose ello a variadas interpretaciones.

Vivimos en una sociedad pluralista y de innegable debilidad religiosa. La Argentina no es más la nación católica de antaño. En pleno siglo 21 convivimos ciudadanos creyentes, agnósticos y ateos sin ningún conflicto violento. Inclusive, luego de la reforma constitucional de 1994, para ser presidente de la Nación ya no es requisito pertenecer al catolicismo.

Por tanto, la incidencia de la Iglesia católica en la vida nacional es relativa respecto del pasado. Tiene su influencia sin ser determinante. Muchos menos en el mundo de la política. Según los opositores francisquistas, el Papa es peronista. Sin embargo, en las elecciones de 2015 y de 2017 se produjo una derrota fenomenal del peronismo en la Provincia de Buenos Aires y en el país.

Es decir, que por más que existe una acendrada voluntad opositora por remarcar la imaginaria pertenencia del Papa a un determinado color partidario, la mayoría de la ciudadanía no lo entiende de ese modo a la hora de votar.

También tengamos en cuenta que el Papa no felicitó a Mauricio Macri por su triunfo electoral como suele hacer con presidentes de otras naciones. Ni qué hablar de su gestualidad hosca al concederle una audiencia de apenas 22 minutos...

Sin embargo, figuras del oficialismo también visitan a Bergoglio y algunas mantienen una larga amistad con él: Jorge Triaca, María Eugenia Vidal, Esteban Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta y Gabriela Michetti. ¿Una de cal y otra de arena?

Así las cosas, la polémica recrudece por la difusión que hacen los opositores cada vez que visitan el Vaticano. A ello se le suma el clima festivo que Francisco genera con ellos. ¿Entonces adquiere verosimilitud suponer cierta preferencia política de parte del Papa?

Y la pregunta de fondo, ¿por qué no visita la Argentina? En el Episcopado sostienen que no están dadas las condiciones porque existe una profunda división política en el país (la mentada “grieta”). Lo que manifiesta que el motivo es político.

Estimo que son pretextos fáciles de refutar. Supongamos que Bergoglio un día invitara al Vaticano a los principales líderes políticos de la Argentina. ¿Quién denegaría la invitación a favor de la unión nacional, el diálogo fraterno y la cultura del encuentro?

Lamentablemente, ello nunca ha ocurrido y los políticos papistas se encargan de degradar al Presidente Macri, de difundir que Francisco no lo quiere, que hay que voltearlo y otras preocupantes declaraciones por el estilo que nadie desmiente con contundencia desde el Vaticano.

En este contexto confuso y enredado, la solución se aleja y la división política se exacerba más aún con las visitas de Francisco a países vecinos, a las que concurren multitudes de católicos -que ignoran sus relaciones políticas- y opositores papistas que tratan de llevar agua a su molino partidario.


Entretanto, quien queda en el centro de la disyuntiva es el propio Papa. Y si queda en el centro es debido a que posee la responsabilidad superior de colaborar –en su doble representación como cabeza de la Iglesia católica y jefe del Estado Vaticano- para cerrar las heridas políticas en nuestra Patria. Liderazgo no le falta. Voluntad mediadora, por el momento, sí. 

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