martes, 21 de julio de 2020

El gallo de la veleta



En la lógica política de Cristina Fernández prevalece la prepotencia ideológica que anima su voluntarismo desalmado, superior a cualquier comprensión de la realidad. Es la marca distintiva de todo liderazgo mesiánico, arrollador de la disidencia e impugnador del debate institucional. Para la Jefa su voluntad es ley, y para sus seguidores, obediencia debida. En este universo de contradicciones y violencia solapada se maneja el Presidente Vicario, ejecutor de un plan de impunidad y mascarón de proa de una cáfila de oportunistas sostenidos y unidos en la avidez por las prebendas que da el poder. Asistimos, por tanto, a un tiempo histórico que deja perplejo al más escéptico. La infinidad de desatinos cometidos por la actual administración -en todos los órdenes- ha sido posible por la cuarentena  y la dosificación del terrorismo sanitario. Pero la declinación económica, la vulgaridad diplomática y el fracaso en las negociaciones con los acreedores internacionales han pulverizado la credibilidad del cuarto gobierno kirchnerista. Aunque estas imprudencias no figuren en el manual del populista exquisito de la Jefa, son la forma de una gestión enredada en el discurso pendular del Presidente Vicario que, en cuestión de horas, modifica posiciones gubernamentales a la velocidad del viento que sopla desde el Instituto Patria. Sin embargo, permítasenos hacer uso del derecho a dudar. Todavía no sabemos, a ciencia cierta, si los porrazos del Presidente Vicario son fruto del verticalismo orgánico impuesto por la Jefa o si, a veces, por mantener viva la llama del albertismo que ilusiona al Círculo Rojo, adopta medidas en soledad asumiendo los costos. En estas condiciones, la salida de la cuarentena facilita la imaginación de escenarios catastróficos. A ello coadyuva la restauración del relato patriotero bajo la guía espiritual de la Jefa, mientras el ministro Guzmán intenta alejar el fantasma del default, que ocasionaría daños impredecibles para el sector privado. Así las cosas, en poco más de siete meses, el cúmulo de desaciertos del Presidente Vicario ha determinado la aceleración del proceso decadente abierto el 10 de diciembre de 2019. La institucionalidad –más que nunca- corre peligro. Impávido, el gallo de la veleta sigue girando.


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