viernes, 31 de julio de 2020

Las andanzas de Cafierito



El primer informe de gestión del jefe de gabinete de ministros fue una de las puestas en escena más débiles del cuarto gobierno kirchnerista. Ocurrió el jueves 30 de julio. Sin embargo, pasó inadvertido porque la agenda mediática ha sido ocupada por la reforma judicial para la impunidad, obra maestra de los esclavos de Cristina Kirchner. Luego de ocho meses de gobierno y con un Congreso activo por la pandemia, Cafierito, luciendo los superpoderes otorgados por el presidente, visitó la Cámara de Diputados. Aleluya. El artículo 101 de la Constitución Nacional especifica que el jefe de gabinete “debe concurrir al Congreso al menos una vez por mes, alternativamente a cada una de las Cámaras, para informar de la marcha del gobierno”. Horas antes había devuelto por escrito las más de mil preguntas que le formularan los integrantes del cuerpo legislativo. Respuestas desactualizadas, incompletas, comparaciones fuera de lugar, obcecada pretensión de culpar al gobierno de Mauricio Macri de todos los males. En el recinto apeló a un discurso plagado de consignas huecas. Es un pésimo orador y carece de aptitud, que llegó por el dedo presidencial. No despierta respeto intelectual. Sus fundamentos primarios adolecen de rigurosidad teórica. Con él, la hipocresía alcanza ribetes memorables. En su exposición –a paso de tortuga- hizo alarde de ser un practicante del “diálogo democrático”. Lógico. En nombre de una administración que se ocupa de denostar permanentemente a la oposición. Así el diálogo es monólogo. Artilugio mezquino y engañador que se agota en la tribuna. Pero el kirchnerismo posee la capacidad de transferir sus daños al ocasional adversario, que en su lenguaje bélico es el enemigo. Entonces aflora el discurso del odio. El odiador es el otro. Nunca el populismo que hegemoniza la representatividad del pueblo y que divide en dos sectores irreconciliables a la sociedad. Pueblo y antipueblo. Patria y antipatria. Cafierito, imbuido de realismo mágico, intentó deconstruir el discurso del odio, es decir, el discurso opositor. Así, inició su faena retórica echando mano a clichés de la socialdemocracia al Baño María: “nosotros practicamos los derechos humanos” o “el discurso del odio debilita nuestra democracia”. Privado de conceptualización innovadora su intervención verbal se fue diluyendo hasta perderse en una somnífera exposición. Sin embargo, diputados y diputadas kirchneristas salieron a reivindicar al “peronista de ley”, que se ufana de poner el pecho. El traje de compadrito le queda grande. Apenas es un bisoño de clase media acomodada, que -portación de apellido mediante- ocupa un alto cargo, vidriera eficiente para consumar papelones políticos.  

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